El Canal Grande a la hora del ángelus.
El agua es de un color que no tiene nombre exacto: entre el plomo y el cobre, entre el aceite y el cielo. Las últimas brasas del sol se deshacen sobre la superficie y el reflejo de los palacios tiembla como algo vivo que intenta recordar su propia forma. Huele a sal, a madera mojada, a algo orgánico y antiguo que ninguna ciudad moderna conserva ya — el olor de un río que lleva siglos tragándose los secretos de los hombres.
Sam está de pie en el embarcadero. Sus botas de cuero hacen un sonido sordo sobre las tablas húmedas. El aire de octubre pesa. No hace frío exactamente — hace algo más específico que el frío: hace esa temperatura que obliga al cuerpo a ser consciente de sí mismo, de sus propios límites, del lugar donde termina la piel y empieza el mundo.
A la izquierda, amarrada a un palo de madera pintado con espirales rojas y doradas, una góndola negra espera. Un HOMBRE DE BARBA BLANCA trabaja el remo con una cadencia tan regular que parece parte del canal mismo — tiene los brazos de alguien que ha pasado cincuenta años venciéndole la resistencia al agua, y la paciencia de alguien que ya no necesita contar el tiempo.
Al este, al otro lado de la callejuela que separa el embarcadero del resto del sestiere, LA LIBRERÍA emite luz amarilla a través de una ventana entreabierta. Sobre la puerta, en letras desgastadas, se lee algo que Sam no puede distinguir bien desde aquí, pero la luz tiene esa cualidad específica de los lugares donde hay libros: densa, paciente, ligeramente dorada.
Al norte, las campanas de alguna basílica invisible acaban de sonar tres veces. Entre los tejados asoma la curva blanca de un puente.
Sam lleva consigo: un cuaderno de notas en blanco. Un sello de División Cronos. La certeza, completamente razonable, de que esto es una misión de trabajo.